lunes, 23 de mayo de 2016


LA ABUELA CLOTI Y EL NÚMERO 15.-

“ La venganza no es justicia pero ¡qué placer! ¿O no…?”
La abuela Clotilde entró a la agencia barrial y como siempre le jugó unos pesitos al número 15, “La niña bonita”, que es como le decía su papá hace ya muchos años. Jugar unos pesitos es su vicio inocente y único lujo.
Regresó a casa con su boleta y se preparó unos mates. Se puso los anteojos y abrió el diario. Le interesó un escrito que decía:
Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza “Los Andes” se encontró el cadáver de un ladrón, con importantes antecedentes, muerto por dos tiros en el estómago. En los últimos tiempos se sospecha que un maníaco serial está matando, sin hallarse aún, su metodología. Autoridades policiales y dirigentes políticos están muy preocupados por esta ola de violencia que se ha desatado.
***
Clotilde Muzzo Carlés, la abuela Clotilde, salía del banco. Acaba de cobrar su jubilación.
Dos jóvenes en moto se le acercan y de un manotazo le roban la cartera. La abuela Cloti cae al piso y humillada ve cómo se va su dinero por la cloaca.
Es una víctima más de una salidera bancaria. La viejecita de 1.45 metros de estatura y 44 kilogramos de peso ha sido robada por dos motochorros. Pasa a engrosar una larga lista de víctimas de la inseguridad urbana.
La abuelita siente que las grandes ciudades argentinas y sus alrededores se han llenado de ladronzuelos y rateros. Ella siente que están protegidos, bajo los más variados pretextos, por políticos y funcionarios ineptos o corruptos.
Piensa en el caso de los narcotraficantes que arreglan, su accionar, con la oligarquía política. Y muy bien asesorados hacen su agosto. Sólo son reprimidos por otros traficantes que disputan territorio.
Doña Clotilde está vieja e indefensa pero no es idiota, sabe que el mal ejemplo de arriba llega hasta muy abajo y no hay sociedad que aguante.
Ella ve que no hay reclamo que sea escuchado. Explicaciones y más explicaciones son las excusas que ponen los inoperantes mezclados con los funcionarios asociados al delito. La abuela Cloti sabe que el resultado es el mismo.
-¿Cómo puede ser que un país que dirigido, en casi toda su historia, por militares o abogados carezca de seguridad y justicia?- se pregunta asiduamente.
La señora hija de padre calabrés y madre catalana piensa que algo se debe hacer y no bajar los brazos pero ¿qué?…
Sus hijos quieren que viva con ellos o que se interne en una casa de retiro. Que no esté sola. Tienen miedo. La abuela defiende su libertad e independencia y no está dispuesta a negociar.
Cierta tarde en la televisión dieron una vieja película de Charles Bronson llamada “El vengador anónimo”. Un pobre hombre que ante el asesinato de su mujer y la violación de su hija decide tomar justicia por mano propia.
¡Ojalá fuera acá!, pensó. Y siguió con sus cosas.
Doña Cloti no se daba cuenta que con esa expresión señalaba su miedo y la pérdida de su seguridad. Ya no es la misma persona que salía, iba y venía tranquilamente. Ahora cerraba puertas y ventanas. Se encerraba en su celda familiar llamada hogar.
Un martes por la mañana iba acompañada por Nati, su hija. Era el día de su visita de rutina al médico. En plena luz del día, en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco, zona céntrica si las hay, un descuidista le robó su cartera. Natalia pidió ayuda y cuando la policía llegó ya era tarde.
La abuelita Cloti mascullando bronca, de vuelta en su casa, puso en marcha un plan. Sería cruel pero su furia pudo más que ella. Sintió que el miedo la estaba enloqueciendo.
Pasó un tiempo encerrada en su casa y…
Buscó un contacto, allá en su barrio, con un lumpen medio mula y mandadero. Logró comprar una pistola calibre 22 con silenciador pero sin proyectiles.
Días después, con otro lumpen, consiguió las balas.
-Si yo los conozco, cómo puede ser que la policía los ignore- se decía.
Para ser carnada de la inseguridad debía tentar a los ladrones. Se le ocurrió comprar un teléfono móvil de última generación.
Sin advertir a nadie puso en marcha su plan.
Ya han pasado tres meses.
La abuela Cloti sigue en lo suyo, un plan siniestro y audaz, ahora su forma de mirar ya no es la misma.
Como todos los viernes jugó unos pesitos a su número favorito “el 15” y se fue para el centro. Se instaló en un banco de la llamada “Plaza de la República”, pegadita al Obelisco. Su apuesta es muy alta.
Sentada en el banco de la plaza, con su móvil a mano, fue amenazada por un joven, quien cuchilla en mano, se sentó a su lado y apoyando la punta filosa en el cuello de la viejecilla, le reclamó que le entregue el teléfono.
La abuela Cloti, sin inmutarse, lo saludo -¡Hola número 15!
El ratero la miró sorprendido. No tuvo tiempo a nada más.
Dos pequeños estallidos le reventaron el estómago.
La viejita se puso de pie, miró a izquierda y a derecha. Acomodó el cuerpo del muerto, guardó la cuchilla entre las ropas del ratero y se retiró lentamente.
Llegó a su casa, escondió el arma y dio por terminada su tarea. Ahora descansaría.
A la mañana siguiente salió, compró el diario. Llegó a su casa, se puso los anteojos y lo abrió. Le interesó el titular que decía:
“Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza … “

Y sigue la vida.    FIN

viernes, 20 de mayo de 2016

EL POLICIA GUGUETON

                                                EL POLICÍA GUGETON

El peor policiadelundo vigilaba un precioso palacete a las afueras de la ciudad. Se hizo famoso no porque no ladrara a los ladrones, que no lo hacía, sino porque, al ver a alguien con aspecto de delincuente, le abría la verja y le invitaba a pasar.
Así, con la ayuda de la oscuridad, casi todas las noches podía verse alguna sombra entrar al palacete y salir poco después cargada con sacos llenos de joyas y objetos de valor. El rumor de una casa llena de riquezas tan fácil de robar se extendió entre los ladrones de la zona, y estos incluso crearon un listado para reservar la fecha en que podría ir cada uno.
El encargado de hacer la lista y controlarla eramario un joven ladrón con cara de tontorrón. No llevaba la lista por ser el jefe, claro, sino porque como después del robo cada ladrón desaparecía durante algún tiempo, solo podía llevarla el último en robar. Y ese puesto le había tocado a marioser el más tonto del grupo. Pero el pobre mario daba importancia y esperaba con ilusión el día en que le llegase el turno.
La noche en que por fin le tocaba robar a mario se acercó caminando al palacete, pero cuando se disponía a cruzar la puerta, por primera vez el peor perro guardián del mundo se puso a ladrar con fuerza.
- Está bien, está bien, Sansón. Esta noche me quedaré contigo y no saldré con ningún saco. Ya los hemos atrapado a todos.
Y es que era ningún ladrón, y mucho menos tonto, sino el nuevo jefe de policía de la ciudad. Este, aprovechando que los ladrones se dedicaban a robar porque no querían esforzarse trabajando, les había tendido una trampa poniéndoles tan fácil robar aquella casa que no se habían podido resistir. Y cuando cada noche entraba un nuevo ladrón, pensando que iba a ser el robo más fácil de su vida, era detenido al instante por un montón de policías. Y al rato era el mismomariosalía de la casa cargado con el saco, haciendo creer a todos que el robo había sido un éxito y se habían escapado con el botín.
Y así fue, pasando una temporada en la cárcel, como aquellos ladrones descubrieron que cuanto mejor es algo, normalmente cuesta más esfuerzo conseguirlo, y no al revés.
              FIN

domingo, 1 de mayo de 2016

Chuchín, el perro policía

          

Chuchín, el perro policía

 

Chuchín, el perro policía
Había una vez un perrito callejero al que todos llamaban . mario era un perro pequeñito, de color canela, bastante delgaducho. Tenía las orejas oscuras y un rabito largo que meneaba con mucho salero.
sobrevivía buscando comida entre la basura, bebiendo agua de los charcos y escondiéndose del frío entre cartones. Como era muy simpático y tranquilo, a veces recibía comida de la gente que lo veía por la calle a cambio de alguna gracia perruna o una miradita mimosa.

Una noche mario se despertó sobresaltado por el ruido de unos cristales rotos. mario asomó el hocico entre los cartones y vio a una persona subida en una escalera muy alta entrando por una ventana en una casa.

Nada más verlo mario se puso alerta. No sabía qué estaba pasando, pero su instinto le decía que aquello no era normal. Sigilosamente, Chuchín se deslizó fuera de los cartones para ver mejor lo que pasaba.

Poco después,mario vio salir al hombre de la escalera por una puerta cargado con un saco lleno de cosas. El hombre, vestido de negro y con un antifaz, se acercó a un coche, abrió el maletero y dejó allí el saco. Sin cerrar el maletero, el hombre se acercó a recoger la escalera.

Aprovechando que el hombre se alejaba, Chuchín se acercó al coche y olisqueó el saco.

-Este olor me resulta familiar -pensó mario Me huele a…. ¡la señora Pepa!

En ese momento llegó el hombre cargado con la escalera para dejarla en el maletero. Al ver al perro, el hombre gritó:
-¡Quita, chucho!

mario se puso a ladrar como loco, porque justo en ese momento se había dado cuenta de que aquel hombre había robado en casa de la señora Pepa, una ancianita muy buena que siempre que le veía le daba de comer y le acariciaba la barriga.

-¡Calla, perro sarnoso! ¡Vas a despertar a todo el vecindario! -gritó el ladrón.

Pero mario solo dejaba de ladrar para gruñir y enseñar los dientes al ladrón. Y así estuvo mario un buen rato, hasta que llegó la policía.

-Chuchín, el perro policía¡Te hemos pillado con las manos en la masa, truan! -dijo un policía-.Gracias Chuchín, te has ganado un buen premio. ¡Sube al coche!

El policía dejó al ladrón en el calabozo y llamó al perrito
.
-Ven Chuchín. Te voy a dar agua y un buen bocata. ¡Te lo has ganado!

Pero Chuchín no contestaba.

-¡Chuchín! ¿Dónde estás, perrito? -llamó el policía-. ¿Alguien ha visto a Chuchín?

En ese momento, el policía vio cómo su gorra se movía sola por el suelo. El policía la levantó y descubrió a Chuchín debajo.

-Vamos a tener que hacer una gorra de tu tamaño, amigo -dijo el policía.

Desde ese día, Chuchín vive en la comisaría y se ha convertido en el primer agente de policía perruno de la ciudad.

                          fin