LA ABUELA CLOTI Y EL NÚMERO 15.-
“ La venganza no es justicia pero ¡qué placer! ¿O no…?”
La abuela Clotilde entró a la agencia barrial y como siempre le jugó unos pesitos al número 15, “La niña bonita”, que es como le decía su papá hace ya muchos años. Jugar unos pesitos es su vicio inocente y único lujo.
Regresó a casa con su boleta y se preparó unos mates. Se puso los anteojos y abrió el diario. Le interesó un escrito que decía:
Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza “Los Andes” se encontró el cadáver de un ladrón, con importantes antecedentes, muerto por dos tiros en el estómago. En los últimos tiempos se sospecha que un maníaco serial está matando, sin hallarse aún, su metodología. Autoridades policiales y dirigentes políticos están muy preocupados por esta ola de violencia que se ha desatado.
***
Clotilde Muzzo Carlés, la abuela Clotilde, salía del banco. Acaba de cobrar su jubilación.
Dos jóvenes en moto se le acercan y de un manotazo le roban la cartera. La abuela Cloti cae al piso y humillada ve cómo se va su dinero por la cloaca.
Es una víctima más de una salidera bancaria. La viejecita de 1.45 metros de estatura y 44 kilogramos de peso ha sido robada por dos motochorros. Pasa a engrosar una larga lista de víctimas de la inseguridad urbana.
La abuelita siente que las grandes ciudades argentinas y sus alrededores se han llenado de ladronzuelos y rateros. Ella siente que están protegidos, bajo los más variados pretextos, por políticos y funcionarios ineptos o corruptos.
Piensa en el caso de los narcotraficantes que arreglan, su accionar, con la oligarquía política. Y muy bien asesorados hacen su agosto. Sólo son reprimidos por otros traficantes que disputan territorio.
Doña Clotilde está vieja e indefensa pero no es idiota, sabe que el mal ejemplo de arriba llega hasta muy abajo y no hay sociedad que aguante.
Ella ve que no hay reclamo que sea escuchado. Explicaciones y más explicaciones son las excusas que ponen los inoperantes mezclados con los funcionarios asociados al delito. La abuela Cloti sabe que el resultado es el mismo.
-¿Cómo puede ser que un país que dirigido, en casi toda su historia, por militares o abogados carezca de seguridad y justicia?- se pregunta asiduamente.
La señora hija de padre calabrés y madre catalana piensa que algo se debe hacer y no bajar los brazos pero ¿qué?…
Sus hijos quieren que viva con ellos o que se interne en una casa de retiro. Que no esté sola. Tienen miedo. La abuela defiende su libertad e independencia y no está dispuesta a negociar.
Cierta tarde en la televisión dieron una vieja película de Charles Bronson llamada “El vengador anónimo”. Un pobre hombre que ante el asesinato de su mujer y la violación de su hija decide tomar justicia por mano propia.
¡Ojalá fuera acá!, pensó. Y siguió con sus cosas.
Doña Cloti no se daba cuenta que con esa expresión señalaba su miedo y la pérdida de su seguridad. Ya no es la misma persona que salía, iba y venía tranquilamente. Ahora cerraba puertas y ventanas. Se encerraba en su celda familiar llamada hogar.
Un martes por la mañana iba acompañada por Nati, su hija. Era el día de su visita de rutina al médico. En plena luz del día, en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco, zona céntrica si las hay, un descuidista le robó su cartera. Natalia pidió ayuda y cuando la policía llegó ya era tarde.
La abuelita Cloti mascullando bronca, de vuelta en su casa, puso en marcha un plan. Sería cruel pero su furia pudo más que ella. Sintió que el miedo la estaba enloqueciendo.
Pasó un tiempo encerrada en su casa y…
Buscó un contacto, allá en su barrio, con un lumpen medio mula y mandadero. Logró comprar una pistola calibre 22 con silenciador pero sin proyectiles.
Días después, con otro lumpen, consiguió las balas.
-Si yo los conozco, cómo puede ser que la policía los ignore- se decía.
Para ser carnada de la inseguridad debía tentar a los ladrones. Se le ocurrió comprar un teléfono móvil de última generación.
Sin advertir a nadie puso en marcha su plan.
Ya han pasado tres meses.
La abuela Cloti sigue en lo suyo, un plan siniestro y audaz, ahora su forma de mirar ya no es la misma.
Como todos los viernes jugó unos pesitos a su número favorito “el 15” y se fue para el centro. Se instaló en un banco de la llamada “Plaza de la República”, pegadita al Obelisco. Su apuesta es muy alta.
Sentada en el banco de la plaza, con su móvil a mano, fue amenazada por un joven, quien cuchilla en mano, se sentó a su lado y apoyando la punta filosa en el cuello de la viejecilla, le reclamó que le entregue el teléfono.
La abuela Cloti, sin inmutarse, lo saludo -¡Hola número 15!
El ratero la miró sorprendido. No tuvo tiempo a nada más.
Dos pequeños estallidos le reventaron el estómago.
La viejita se puso de pie, miró a izquierda y a derecha. Acomodó el cuerpo del muerto, guardó la cuchilla entre las ropas del ratero y se retiró lentamente.
Llegó a su casa, escondió el arma y dio por terminada su tarea. Ahora descansaría.
A la mañana siguiente salió, compró el diario. Llegó a su casa, se puso los anteojos y lo abrió. Le interesó el titular que decía:
“Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza … “
Y sigue la vida. FIN
La abuela Clotilde entró a la agencia barrial y como siempre le jugó unos pesitos al número 15, “La niña bonita”, que es como le decía su papá hace ya muchos años. Jugar unos pesitos es su vicio inocente y único lujo.
Regresó a casa con su boleta y se preparó unos mates. Se puso los anteojos y abrió el diario. Le interesó un escrito que decía:
Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza “Los Andes” se encontró el cadáver de un ladrón, con importantes antecedentes, muerto por dos tiros en el estómago. En los últimos tiempos se sospecha que un maníaco serial está matando, sin hallarse aún, su metodología. Autoridades policiales y dirigentes políticos están muy preocupados por esta ola de violencia que se ha desatado.
***
Clotilde Muzzo Carlés, la abuela Clotilde, salía del banco. Acaba de cobrar su jubilación.
Dos jóvenes en moto se le acercan y de un manotazo le roban la cartera. La abuela Cloti cae al piso y humillada ve cómo se va su dinero por la cloaca.
Es una víctima más de una salidera bancaria. La viejecita de 1.45 metros de estatura y 44 kilogramos de peso ha sido robada por dos motochorros. Pasa a engrosar una larga lista de víctimas de la inseguridad urbana.
La abuelita siente que las grandes ciudades argentinas y sus alrededores se han llenado de ladronzuelos y rateros. Ella siente que están protegidos, bajo los más variados pretextos, por políticos y funcionarios ineptos o corruptos.
Piensa en el caso de los narcotraficantes que arreglan, su accionar, con la oligarquía política. Y muy bien asesorados hacen su agosto. Sólo son reprimidos por otros traficantes que disputan territorio.
Doña Clotilde está vieja e indefensa pero no es idiota, sabe que el mal ejemplo de arriba llega hasta muy abajo y no hay sociedad que aguante.
Ella ve que no hay reclamo que sea escuchado. Explicaciones y más explicaciones son las excusas que ponen los inoperantes mezclados con los funcionarios asociados al delito. La abuela Cloti sabe que el resultado es el mismo.
-¿Cómo puede ser que un país que dirigido, en casi toda su historia, por militares o abogados carezca de seguridad y justicia?- se pregunta asiduamente.
La señora hija de padre calabrés y madre catalana piensa que algo se debe hacer y no bajar los brazos pero ¿qué?…
Sus hijos quieren que viva con ellos o que se interne en una casa de retiro. Que no esté sola. Tienen miedo. La abuela defiende su libertad e independencia y no está dispuesta a negociar.
Cierta tarde en la televisión dieron una vieja película de Charles Bronson llamada “El vengador anónimo”. Un pobre hombre que ante el asesinato de su mujer y la violación de su hija decide tomar justicia por mano propia.
¡Ojalá fuera acá!, pensó. Y siguió con sus cosas.
Doña Cloti no se daba cuenta que con esa expresión señalaba su miedo y la pérdida de su seguridad. Ya no es la misma persona que salía, iba y venía tranquilamente. Ahora cerraba puertas y ventanas. Se encerraba en su celda familiar llamada hogar.
Un martes por la mañana iba acompañada por Nati, su hija. Era el día de su visita de rutina al médico. En plena luz del día, en la avenida Corrientes, cerca del Obelisco, zona céntrica si las hay, un descuidista le robó su cartera. Natalia pidió ayuda y cuando la policía llegó ya era tarde.
La abuelita Cloti mascullando bronca, de vuelta en su casa, puso en marcha un plan. Sería cruel pero su furia pudo más que ella. Sintió que el miedo la estaba enloqueciendo.
Pasó un tiempo encerrada en su casa y…
Buscó un contacto, allá en su barrio, con un lumpen medio mula y mandadero. Logró comprar una pistola calibre 22 con silenciador pero sin proyectiles.
Días después, con otro lumpen, consiguió las balas.
-Si yo los conozco, cómo puede ser que la policía los ignore- se decía.
Para ser carnada de la inseguridad debía tentar a los ladrones. Se le ocurrió comprar un teléfono móvil de última generación.
Sin advertir a nadie puso en marcha su plan.
Ya han pasado tres meses.
La abuela Cloti sigue en lo suyo, un plan siniestro y audaz, ahora su forma de mirar ya no es la misma.
Como todos los viernes jugó unos pesitos a su número favorito “el 15” y se fue para el centro. Se instaló en un banco de la llamada “Plaza de la República”, pegadita al Obelisco. Su apuesta es muy alta.
Sentada en el banco de la plaza, con su móvil a mano, fue amenazada por un joven, quien cuchilla en mano, se sentó a su lado y apoyando la punta filosa en el cuello de la viejecilla, le reclamó que le entregue el teléfono.
La abuela Cloti, sin inmutarse, lo saludo -¡Hola número 15!
El ratero la miró sorprendido. No tuvo tiempo a nada más.
Dos pequeños estallidos le reventaron el estómago.
La viejita se puso de pie, miró a izquierda y a derecha. Acomodó el cuerpo del muerto, guardó la cuchilla entre las ropas del ratero y se retiró lentamente.
Llegó a su casa, escondió el arma y dio por terminada su tarea. Ahora descansaría.
A la mañana siguiente salió, compró el diario. Llegó a su casa, se puso los anteojos y lo abrió. Le interesó el titular que decía:
“Un caso más de venganza en el submundo del hampa. En la plaza … “
Y sigue la vida. FIN




Cuando corrían se veían chistosos, como la jirafa con sus patas largas se caía y al pararse se pegaba con los árboles, la cebra al correr daba saltos tan grandes que siempre caía en el rió y se mojaba mucho. Eso no le gustaba al hipopótamo que siempre estaba mas enojado que todos pues tenia que arreglar su casa, ya que, todos los animales pequeños se refugiaban en el río.
Hasta que un día llego a vivir un ratón muy especial que era muy valiente y salía a pasear en la noche no le importaba nada y cuando ramón daba como de costumbre su vuelta de sustos el ratón 


